Es imposible cambiar el mundo (dicen los interesados)

«Es imposible cambiar el mundo, ¿cómo hacerlo si uno es tan poca cosa?», Son palabras que escucho en todas partes y por personas de cualquier edad y condición. Y lo cierto es que si uno no está atento a su entorno ni escucha en su interior puede parecer que escondan una gran verdad.
Pero son mentira. Forman parte de esas letanías que nos mandan para adormecernos con ellas, cuentos (1) que persiguen que no nos cuestionemos la realidad que nos envuelve. Mensajes del estilo de: «Todos son igual de corruptos…», «Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades…», «una persona sola no puede hacer nada…», «todos tenemos un precio…».
¿Qué queréis que os diga?, será que me estoy volviendo loco, pero a medida que envejezco y cuanta más gente conozco, más cuenta me doy de que no son más que falsedades tejidas para que las creamos y nos entreguemos a la vida como si nuestro destino no dependiera de cada uno de nosotros, de nuestra libertad última para elegir el bando.
La única verdad que persiguen con ese discurso en que nos convirtamos en personas sin dignidad y capaces de cometer cualquier bajeza por dinero. Desean convertirnos en «ellos», que entendamos y aceptemos la violencia, la venganza, la competencia, la traición… como actitudes intrínsecas de “todos” los seres humanos.
Mentira. No todos los seres humanos son corruptos. No todos los seres humanos entregan su dignidad a cambio de treinta monedas. No todos pensamos que cambiar el mundo sea imposible. La gran mayoría no somos «ellos» y amamos a nuestros hijos.
Dice un refrán —muchos me lo habéis leído y escuchado más de una vez— que «Mucha gente pequeña, de lugares pequeños y haciendo pequeñas cosas, pueden cambiar el mundo». Esa sí es una certeza. Una verdad que nos esconden bajo capas y capas de mentiras, de manipulación informativa, de programas televisivos nauseabundos… de ponernos la “bajeza ética” como único modelo a seguir.
Y a pesar de todo, incluso entendiendo que cada uno de nosotros tiene capacidad de decisión, nos sobreviene la otra duda, la pregunta obligada y terrible, el «¿Qué puedo hacer yo para cambiarlo?».
Nos podemos erigir en héroes solitarios, cierto; Pero dado que aceptamos que la mayoría no somos Mahatma Gandhi ni Martin Luther King ni Azucena Villaflor (ejemplos de convicción y lucha pacífica), es evidente que debemos conformarnos con acciones más sencillas. Una tan sencilla como la de tomar conciencia. Amar más y envidiar menos. Cooperar más y competir menos. Ser más solidarios y menos egoístas. Ser más empáticos y menos psicópatas. Darnos cuenta de que para legarles un futuro mejor a nuestra descendencia es necesario que nos impliquemos, pues nadie sino nosotros va a tomar conciencia de lo que sucede a nuestro alrededor. Debemos cambiarnos a nosotros mismos para que cambie nuestro entorno. Y aunque parezca poco, solo con que seamos capaces de cambiar la actitud de nuestro entorno más directo, ya habremos vencido a ese destino que nos echan a los hombros como una losa que hunde nuestra dignidad como seres humanos igualándonos a «ellos».
Mirad ahora que matemáticas tan sencillas para contrarrestar ese cuento que nos venden. Si cada uno de nosotros consigue modificar la conciencia de dos personas de su entorno directo —padres, hermanos, amigos, vecinos, compañeros de trabajo…—, algo que no parece ningún imposibe, significa que nos encontramos ante una revolución de proporciones imprevisibles. ¿No os lo creéis? Yo cambio a dos personas; ellas, a su vez, cambian a otras dos cada uno. Contad: 1 – 2 – 4 – 8 – 16 – 32 – 64 – 128 – 256 – 512 – 1024 – 2048 – 4096 – 8192…
Sí, amigos, nos encontramos nada más y nada menos que ante el famoso cuento del inventor del ajedrez y su petición de granos de trigo. Un deseo tan simple que el rey más poderoso del mundo no pudo satisfacer. Si tomamos conciencia del poder real de nuestras convicciones y nos negamos a aceptar que somos malos (sería aceptar que nuestros propios hijos lo son), podemos cambiar el mundo.

¿Parece una tontería? Pues comenzad. Mirad en vuestro interior y decidid cómo deseáis vivir y a qué precio. Hurgad dentro de vosotros hasta determinar qué modelo de persona deseáis ser como referente para vuestros hijos. Decidid si deseáis ser “clientes” del poder o “Ciudadanos libres”. Tened claro si sois de los que persiguen “tener” hasta alcanzar la felicidad irreal o, por el contrario, pensáis que la felicidad nace del interior y es un estado personal que puede ser transferido a otros.
La cuestión es diáfana, Ser o Tener, Dignidad o Indignidad. Son los dos caminos que existen y es tenemos libertad para escogerlos. Eso sí, si tomamos el de la Indignidad solo podremos ser dos tipos de personas: o víctimas o verdugos. En nuestra mano está.

(1)

Sé todos los cuentos (León Felipe)
Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
que la cuna del hombre la mecen con cuentos,
que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,
que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,
que los huesos del hombre los entierran con cuentos,
y que el miedo del hombre…
ha inventado todos los cuentos.
Yo no sé muchas cosas, es verdad,
pero me han dormido con todos los cuentos…
y sé todos los cuentos.

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